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Píldoras de vida

Píldoras de vida

En la fotografía aparece una larva de rodaballo de 30 días de vida (15 mm), cultivada en las instalaciones del IEO de Vigo, en el instante en el que está capturando un pequeño crustáceo denominado artemia.

Las larvas de rodaballo nacen ciegas, con la boca y el ano cerrados y sin aletas diferenciadas. Inicialmente se alimentan de las reservas que les aporta el saco vitelino y flotan al capricho de las corrientes.

Aproximadamente al quinto día tras la eclosión, la larva de rodaballo ha terminado sus reservas vitelinas y debe comenzar a alimentarse de forma exógena. Esta primera alimentación es fundamental para su supervivencia, ya que de prolongarse el ayuno, el efecto sería irreversible. En condiciones de cultivo, la complicación principal proviene del hecho de que para esta primera alimentación, la larva se vale de un comportamiento innato basado en el movimiento: cuando una presa potencial entra en su campo de visión, se desencadena un mecanismo de depredación automático. Así pues, existe una limitación importante: la presa debe moverse, debe estar viva. El rotífero y la artemia son presas vivas que cumplen estos requisitos.

La artemia no tiene, en general, valor nutricional para las larvas, es por ello que se hizo necesario desarrollar dietas especiales con las que alimentar la artemia para que sirviese de vector de transmisión de esos nutrientes a la larva. La artemia actúa como una biocápsula alimentaria, una píldora repleta de nutrientes que ha resultado esencial para el desarrollo de la investigación acuícola.