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Reflexiones imaginarias

La evolución de la ciencia a lo largo de los años es incuestionable. Para bien o para mal, la etapa de los grandes descubrimientos parece que ha quedado atrás y con ella las grandes figuras científicas y sus anécdotas. Newton y su manzana, Darwin y su viaje en el Beagle, Galileo y su “E pur si muove” o Schrödinger y su gato. Personajes de la talla de Leonardo Da Vinci, pintor, escultor, arquitecto, poeta, ingeniero, filósofo que plasmó en sus cuadernos un gran número de inventos futuros (el submarino, el helicóptero, bombas hidráulicas…) parecen pertenecer a los libros de historia.

Si bien es cierto que otros importantes momentos científicos pasan de puntillas por el conocimiento popular, los grandes científicos son una “especie” en extinción. Hoy en día se invierte y se produce más ciencia que en cualquier otro momento histórico, dirigiéndose los esfuerzos de los investigadores hacia el análisis de la cantidad ingente de datos obtenidos. Sin embargo, seguimos encontrándonos con barreras que no podemos superar, ciertos problemas científicos a los que no hallamos solución a pesar de que la cantidad de datos y de científicos es sin duda mucho mayor que en cualquier época pretérita. ¿Es posible que estemos perdiendo la imaginación, la creatividad? ¿Nos hemos convertido en meras máquinas de análisis de datos?

Nuestra educación está centrada en la adquisición de conocimientos teóricos, memorización de datos y técnicas destinados a ser útiles, prácticos. El concepto de productividad se encuentra ineludiblemente unido a la sociedad en la que vivimos. En 1894, un Albert Einstein de 14 años dejó su escuela en Alemania por no estar de acuerdo con el método de enseñanza, el cual en su opinión había perdido el espíritu de aprendizaje y creatividad, derivando en la mera memorización de conocimientos. Más de 100 años después podríamos quejarnos de lo mismo. Podríamos denunciar que se nos enseña a memorizar y no a pensar, imaginar, crear, criticar.

¿Son la imaginación o la creatividad características innatas, bien se tienen o no se tienen, o son capacidades que se pueden entrenar y desarrollar? ¿Puede ser beneficioso para un futuro científico escuchar a Mozart o conocer la pintura de Picasso? ¿Debe la enseñanza estar encaminada hacia nuestra formación como trabajadores o debería tener otro objetivo? ¿Para qué nos sirve la cultura? Quizás deberíamos hacernos estas y otras preguntas más a menudo. También quizás estamos educados para no hacérnoslas.

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